glosofobia y neurociencia

La oratoria no es un examen, es un encuentro

Recuerdo la primera vez que me enfrenté a un auditorio lleno. Quería salir huyendo, en sentido literal. Tenía las manos sudorosas, la voz temblaba y mi mente estaba más preocupada por no equivocarse que por lo que realmente quería transmitir. Tardé años en entender que hablar en público no es un examen de perfección, sino un encuentro entre personas.

Con el tiempo, descubrí que lo que permanece no son los datos ni las diapositivas, sino la emoción que logras despertar en la audiencia que decide escucharte. Esa chispa es la que hace que alguien se lleve tu mensaje en el corazón, no en la libreta. Si algo tengo claro tras décadas de pantalla, micrófonos y audiencias, es que el miedo escénico se vence con historias.

Es decir, la glosofobia, ese miedo irracional que el 75% de la población sentimos al hablar en público, no se combate con técnicas complicadas ni con frases ensayadas al milímetro. Se hace más pequeño con honestidad. Cuando compartes una historia personal, algo que viviste y que te marcó, ocurre algo mágico:

  • Dejas de pensar en ti y te concentras en la narración.
  • Tu vulnerabilidad y tu verdad tienden un puente hacia la audiencia.

Y para eso no necesitas ser famoso ni tener un discurso épico. Basta con atreverte a mostrarte desde tu verdadera esencia. No digo que sea fácil, pero es mucho más simple de lo que tendemos a imaginar.

La neurociencia lo confirma: las emociones son las que fijan recuerdos y guían decisiones. Pero más allá de la ciencia, lo he comprobado en carne propia. La gente no recuerda la cifra exacta que diste o la palabra en la que te trabaste, pero sí recuerda cómo se sintió escuchándote.

Para reforzar este concepto, me gusta compartir el aclamado discurso de José Sacristán al recibir el Premio Nacional de Cinematografía.

Sacristán citó a Nietzsche: «No hay mayor seriedad que la del niño cuando juega», y relacionó su carrera profesional con el recuerdo de atarse plumas de gallina a la cabeza y ver cómo su abuela se «creía» que era un indio. La conclusión fue demoledora: «Se lo han creído, me dije, se lo han creído, qué suerte». El arte, y por extensión, la oratoria, es la profunda seriedad de ese juego. Es hacer que la gente crea lo que le estás contando.

Su meta, que debe ser la tuya, no era solo informar, sino: «que se lo crean, que se emocionen, que se diviertan, que se inquieten, que duden, que piensen, que sueñen». Ahí radica la clave del orador que trasciende. Este discurso es un magistral e ilustrador ejemplo de cómo generar emociones con palabras.

Por eso, la clave no está en impresionar, sino en conectar. Y aquí entra en juego algo fundamental desde mi punto de vista: los referentes.

Tendemos a pensar que nuestros modelos de comunicación deben ser grandes oradores, líderes mundiales o artistas reconocidos. Pero la verdad es que los referentes más valiosos suelen estar mucho más cerca.

Puede ser ese profesor que lograba que cada clase pareciera una aventura. Puede ser tu abuelo, que contaba historias de su infancia con una pausa y una mirada que atrapaban a toda la familia. Puede ser un compañero de trabajo que, sin alzar la voz, conseguía que todos se sintieran escuchados.

Ellos nos enseñan que comunicar no es cuestión de fama, sino de autenticidad. Que el poder de la palabra está en la capacidad de hacer sentir. Y para ello hay tres gestos que te ayudarán a marcar la diferencia:

  1. Elegir la emoción que quieres despertar. No pienses en lo que quieres decir, piensa en cómo quieres que se sientan al escucharte.
  2. Atreverte a mostrar tu lado humano. Los tropiezos y aprendizajes conectan más que los logros impecables.
  3. Usar la pausa y la mirada. El silencio y el contacto visual son tan poderosos como las palabras.

La próxima vez que hables en público, recuerda: no se trata de cubrir el expediente exponiendo un temario, sino de establecer un vínculo con quienes te escuchan. No se trata de ser perfecto, sino de ser cercano.

Tus referentes no tienen que estar en YouTube ni en los titulares de prensa. Están en tu vida cotidiana, en las personas que te han enseñado a escuchar, a narrar y a emocionar.

Porque al final, la oratoria no es un espectáculo. Es un juego serio, como decía Nietzsche: la seriedad del niño cuando juega. Y ese juego consiste en lograr que los demás crean, sientan y recuerden.

Así que la próxima vez que tu glosofobia se presente sin llamar, dile que no buscas ser un gran ponente, sino alguien que conecta. Esa será, sin duda, tu verdadera grandeza.

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