Sí, los CEO también tienen miedo escénico

Sí, los CEO también tienen miedo escénico

Cuando alguien se entera de que mentorizo a directores generales, consejeros de empresas y otros altos cargos, casi siempre me hace la misma pregunta con cara de sorpresa: «¿En serio? ¿Ellos también tienen miedo a hablar en público?» Y mi respuesta es siempre la misma: sí, y muchas veces más del que imaginas.

He estado 19 años contando historias en directo, primero en Ondajaén y Aragón TV, los últimos 15 en Andalucía Directo, el programa estrella de Canal Sur. He visto nervios en becarios sin experiencia y también en profesionales con décadas de carrera. Y desde que en plena pandemia empecé a mentorizar a empresarios y emprendedores, he podido comprobar algo que me parece revelador: el cargo no vacuna contra el miedo escénico.

El mito del CEO que nunca tiembla

Existe una creencia muy extendida: cuanto más alto llegas, más seguro te sientes al hablar. Si has liderado equipos, cerrado negociaciones millonarias y tomado decisiones de peso, hablar ante una sala llena de personas debería ser un trámite menor, ¿verdad?

Pero la realidad, la que veo en mis sesiones de mentoría, es muy distinta. Muchos altos cargos llegan a mí con una confesión que les cuesta hacer, precisamente porque su posición «no les permite» mostrar vulnerabilidad: «Ana, se me hace un nudo en el estómago antes de cada presentación importante.»

Y es que la glosofobia, ese miedo escénico que sufre alrededor del 75% de la población, no entiende de organigramas, de titulaciones ni de sectores. No pregunta cuántas personas tienes a tu cargo, cuántos ceros mueve tu empresa ni cuántos másteres tienes colgados en la pared. Se presenta igual, con las manos sudando y la mente en blanco, tanto si eres becaria como si eres ingeniera, médico, abogado o directora general. Porque es, en el fondo, un miedo irracional e innato, una respuesta primitiva de nuestro cerebro ante la exposición social, no una consecuencia de la falta de preparación o de conocimientos.

De hecho, en mi experiencia, cuanto más sabe alguien de su materia, más le cuesta a veces entender por qué sigue temblando antes de hablar. «Si domino el tema, ¿por qué me pasa esto?» Pues precisamente por eso: porque el miedo escénico no vive en la cabeza, vive en un sistema mucho más antiguo y automático que no distingue entre un discurso ante mil personas y un peligro real.

Por qué en la alta dirección cuesta más admitirlo

Aquí está, para mí, la diferencia real entre un reportero novato y un CEO: no es que uno tenga miedo y el otro no, es que uno puede permitirse decirlo en voz alta y el otro no.

Cuando ocupas un puesto de responsabilidad, existe una presión añadida: la sensación de que reconocer inseguridad es reconocer debilidad. Y esa presión, paradójicamente, hace que el nudo en el estómago sea todavía mayor. Porque no solo gestionas el miedo a hablar, gestionas también el miedo a que se note que tienes miedo.

Es exactamente lo mismo que yo sentía en mis primeros directos, cuando pensaba que mostrar nervios significaba no valer para esto. Con los años entendí que no era así. Que la inseguridad no desaparece por ocultarla, solo se entrena para convertirse en otra cosa.

Entender el miedo para ponerlo de tu lado

Y aquí llega, creo yo, la clave de todo: cuando dejas de ver el miedo escénico como un enemigo y empiezas a entenderlo, puedes convertirlo en combustible. Esa descarga de adrenalina que sientes antes de hablar no está ahí para sabotearte, está ahí para activarte. Te agudiza los sentidos, te sube la energía, te prepara para dar lo mejor de ti. El problema nunca es sentir esa activación, el problema es interpretarla como una señal de alarma en lugar de como una señal de responsabilidad, de que te importa lo que vas a decir.

A los directivos que mentorizo les repito algo que a mí me costó años aprender: no se trata de eliminar el miedo, se trata de aprender a comunicar con él dentro. El objetivo nunca es llegar a un escenario sin nervios, sino llegar sabiendo canalizarlos a tu favor.

Cómo lo trabajamos juntos

Cuando empiezo a mentorizar a un alto cargo, lo primero que hacemos no es tocar el discurso, sino desmontar esta creencia: el miedo no es un fallo personal, es una señal de que algo te importa.

A partir de ahí, aplicamos el mismo método que utilizo con cualquier persona que quiera comunicar mejor: el Triángulo de la Oratoria. Texto, voz y cuerpo, entrenados con la misma exigencia con la que un directivo entrena cualquier otra habilidad de su cargo.

Y, sobre todo, trabajamos algo que en mi experiencia marca la diferencia real: la práctica deliberada con feedback honesto, ese espejo que en televisión eran la cámara y mis compañeros de redacción, y que en el mundo empresarial muchas veces nadie se atreve a ofrecer a quien está arriba del todo.

La humildad como ventaja competitiva

Los mejores líderes que he mentorizado no son los que niegan su miedo escénico, son los que lo reconocen y deciden trabajarlo con la misma disciplina con la que llegaron a su puesto. Esa humildad, lejos de restarles autoridad, se la multiplica.

Así que si eres directivo, fundadora o CEO, o simplemente alguien que siente ese nudo antes de hablar en público, quiero que sepas algo: no eres el único, no depende de tu sector ni de tu formación, y no es un defecto. Es, simplemente, energía sin canalizar. Y aprender a canalizarla es, precisamente, el punto de partida desde el que podemos construir juntos tu mejor versión como comunicador.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *